Estaremos muertos toda la eternidad
estaremos muertos toda la eternidad.
La pared se come y me arde el pecho. Tarda mucho en llegar y las palomas no esperan a que venga. Es horrible y me orino. Confía en la capacidad de poder escapar algún día de este manicomio de puertas abiertas. Si la búsqueda aún no ha empezado, ya nunca podrá terminar. Correr y esconderse, correr otra vez y no dormir. Seguir las rayas blancas hasta la salida, que sólo está pintada en la pared y es mentira.
Atravesados los corazones por inconscientes ardiendo que bailan y bailan y no paran de bailar una danza demoníaca al ritmo de los tambores y las tompretas tocadas por faunos incorruptos inundados de pelos y tejidos, mojados por sustancias invencibles, invisibles, imbatibles. Algo que nunca podremos comprender se encuentra entre las dimensiones orquídeas que se encuentran una frente a otra, naturalmente.
Pasadme el porro, ya.
jueves, 19 de enero de 2012
lunes, 9 de enero de 2012
catorce
Busco escribir algo que no sea tuyo
ni mío,
no del tiempo.
Y el puño cerrado sin fuerza
después de reír
sin quererlo.
Las cortinas del baño acariciando
tus tetas,
tu culo.
Y me ves y estás ciega,
y te atravieso.
No soy transparente,
sino incapaz de reflejar la luz.
Y envuelto en sombras
te observo,
en silencio.
ni mío,
no del tiempo.
Y el puño cerrado sin fuerza
después de reír
sin quererlo.
Las cortinas del baño acariciando
tus tetas,
tu culo.
Y me ves y estás ciega,
y te atravieso.
No soy transparente,
sino incapaz de reflejar la luz.
Y envuelto en sombras
te observo,
en silencio.
viernes, 30 de diciembre de 2011
trece
En la película el chico se portaba bien. No tenía dinero, nunca. Pero la trataba bien. Un día el chico se dio un golpe o le atropellaron cinco coches. Se tiro por tres puentes en los que el río estaba seco. Y ya en el suelo, con la cara desfigurada intentaba ahogarse en un charco formado por las lluvias primaverales. La chica sonreía, desde el puente, y buscaba una escalera. Después de mucho buscar, compró la escalera más bonita del mundo. Fue al país de donde salen todas las escaleras del mundo y allí habló con el maestro de todos los artesanos de escaleras y consiguió comprarle la mejor. La llevó hasta ese puente para que el chico subiese por ella. El subió, hasta donde estaba ella, pero las fuerzas no le dieron para más. Ella lo cogió en brazos y siguió subiendo. Subió y subió hasta que aquel puente y aquel mundo eran del tamaño de un guisante. El chico miró hacia abajo y lloró, pero al mirar hacia arriba sus lágrimas se evaporaron por el sol.
Un día se soltaron sin miedo. Flotando en el espacio, bailaron con los planetas, desnudos, y la música no hizo falta. Bailaron hasta que se fundieron en uno y aún hay padres que señalan a sus hijos dónde bailan en el cielo. Quizá la chica se cansó, o el chico se volvió caer al suelo. Quizá volvió a sacar un papel del sombrero en el que dice donde siguen bailando. Pero él nunca cerró el candado en el puente o simplemente no tenía dinero para comprarlo.
Un día se soltaron sin miedo. Flotando en el espacio, bailaron con los planetas, desnudos, y la música no hizo falta. Bailaron hasta que se fundieron en uno y aún hay padres que señalan a sus hijos dónde bailan en el cielo. Quizá la chica se cansó, o el chico se volvió caer al suelo. Quizá volvió a sacar un papel del sombrero en el que dice donde siguen bailando. Pero él nunca cerró el candado en el puente o simplemente no tenía dinero para comprarlo.
viernes, 14 de octubre de 2011
doce
Se encontraba en una habitación con las paredes negras, rojas, azules, amarillas, que cambiaban de color cada vez que pestañeaba. En el medio había un caballo con un sobrero de judío, que se reía entre tos por una fuerte gripe. No tenía dientes y cuando iba a la cafetería tenía que pedir pajita. A veces no había y eso le irritaba, hasta el punto de empezar a dar coces a diestro y siniestro a todos: al enano, al gigante, a Haley Joel Osment, al camarero, al dueño, a su madre y al Espíritu Santo.
Se despertó.
Se encontraba en una habtación con las paredes blancas, relucientes, tanto que llegaba a quemarle los ojos con solo mirarlas. En el medio había una escultura de un pene del tamaño de un hombre. Debía de ser oro, pero estaba tan sucia que había perdido todo su brillo. Se acercó al enorme genital y éste empezó a temblar, contorsionarse, emulsionar con movimientos espasmódicos, soltando de su gran uretra una sustancia roja a borbotones, a la vez que sus temblores cogían cierto ritmo. Escuchó en su cabeza una voz, pero distorsionada, como si le hablasen a través de un teléfono. La voz le decía que probase la sustancia y así lo hizo. Era sirope de fresa, como aquel que utilizaba su madre para hacer las tartas de queso que eran la envidia del vecindario.
Se despertó.
Se encontraba en una habitación sin paredes. El techo se mantenía flotando Dios sabe por qué fuerza de moníaca. En el medio había una Biblia agujereada por un disparo. Detrás de ella, un hombre negro arapiento se masturbaba con la mano en el bolsillo mientras lloraba y pedía perdon a Cristo por lo que estaba haciendo. Cogió la Sagrada Escritura con precaución de no acercarse al negro y la abrió. Estaba en blanco, todas las páginas, excepto una. En ella encontró su propia letra y la tinta del mismo bolígrafo que el utilizaba. En ella sólo estaba escrita una cosa repetida hasta la locura:
D E S P I É R T A T E
Se despertó.
Se encontraba en una habtación con las paredes blancas, relucientes, tanto que llegaba a quemarle los ojos con solo mirarlas. En el medio había una escultura de un pene del tamaño de un hombre. Debía de ser oro, pero estaba tan sucia que había perdido todo su brillo. Se acercó al enorme genital y éste empezó a temblar, contorsionarse, emulsionar con movimientos espasmódicos, soltando de su gran uretra una sustancia roja a borbotones, a la vez que sus temblores cogían cierto ritmo. Escuchó en su cabeza una voz, pero distorsionada, como si le hablasen a través de un teléfono. La voz le decía que probase la sustancia y así lo hizo. Era sirope de fresa, como aquel que utilizaba su madre para hacer las tartas de queso que eran la envidia del vecindario.
Se despertó.
Se encontraba en una habitación sin paredes. El techo se mantenía flotando Dios sabe por qué fuerza de moníaca. En el medio había una Biblia agujereada por un disparo. Detrás de ella, un hombre negro arapiento se masturbaba con la mano en el bolsillo mientras lloraba y pedía perdon a Cristo por lo que estaba haciendo. Cogió la Sagrada Escritura con precaución de no acercarse al negro y la abrió. Estaba en blanco, todas las páginas, excepto una. En ella encontró su propia letra y la tinta del mismo bolígrafo que el utilizaba. En ella sólo estaba escrita una cosa repetida hasta la locura:
D E S P I É R T A T E
martes, 11 de octubre de 2011
Once
Nos vamos a la cama, desnuda, bañada por el sol de media tarde. Es la hora que más nos gusta para fundirnos en un éxtasis tribal. Empiezo a desnudarme, lentamente. Ella ya lo está, siempre lo está. Repaso todo su cuerpo con mis dedos, cada detalle, los memorizo y los borro de mi mente, haciéndo cada vez la primera. Puedo ver el deseo en su mirada. Aún así se resiste y sabe que eso hace que me excite mucho más. Estoy húmedo. Ella ya lo está, siempre lo está. Nos hundimos en el mar y comenzamos una danza infernal mientras Dante nos mira y se masturba. La toco y ella gime. Introduzco mis dedos en su interior y cada vez grita más fuerte. La beso y me muerde; me hace sangrar. Noto el dulce sabor de la sangre mientras mi miembro se desliza suavemente en su interior, en un lecho celestial. La ventana está abierta y la brisa perfila nuestra piel y eriza nuestro bello. Empiezo a sacudirla lentamente. Aumento el ritmo, hasta llegar a una velocidad brutal. Ella no para de gritar, dice que me ama, dice que no pare, nunca. No lo haré.
Enciendo un cigarro que hace de éste un momento delicioso. Tiene una de sus pezuñas apoyada en mi torso y su respiración es lenta. Huele a verdes praderas, a un trozo de cielo. Las nubes se asoman por el ventanal y puedo verla flotando, a lo lejos, riendo y llorando. Ya es tarde y debo levarla de vuelta al redil. Su nombre es Asunción y la amo.
martes, 24 de mayo de 2011
Diez
Huele, oye. Asoma la cabecita. No es increíble como una marioneta pasa a la vida. Colgada de los hilos. Paradójicamente, los hijos que le atan son los mismos que les hacen vivir. Baila, se mueve. Lo escucha y disfruta. Levanta la cabeza, asiente y sonríe. Es feliz. Se ha tomado la cápsula necesaria para segregar serotonina. Qué rico que rico. ¡Estás majara! ¿De qué estas hablando? Huele mal. ¿A qué huele? No tiene sentido, tú deberías estar muerto, entre las raíces de un bonito árbol; pereciendo para dar vida a un ser que, en comparación a tí, es de verdad transcendente para la realidad. La realidad no escatima en gastos. Todo lo pone a tu disposición. Todo para tocar, oír, sentir, ver y saborear. Saboreas la pared, tocas el filete, ves como suena y hueles roja la sangre. En tu cabeza, la vaca vaga por la pradera, soltando leche a borbotones. Come y mastica, muge y camina. No tiene comprensión. Mañana estará en tu plato bailando una danza erótica, introducirá su miembro y lo sentirás en tu paladar. Esquisito. Te fecunda y entras en éxtasis, entramos en éxtasis. Te derrites placer y tu cuerpo se funde con el suelo, para formar parte del sustento de otras personas, que te pisan, se sientan y no son conscientes de lo útil que es tener suelo. Prueba a no tenerlo. Caerás y caerás y nunca encontrarás suelo. Rogarás morir y no podrás. Estarás descendiendo hasta la eternidad, deseando golpearte con el suelo. Y no, no despertarás.
miércoles, 9 de marzo de 2011
ocho
Me muevo. ¡Me muevo! Las piernas, los brazos, los deditos. Por la ventana me piden pollo. Me asomo y los veo allí, a los zombies. Como siempre vagando en busca de algo que comer. Tan tontos y tan felices. Les grito que no me queda pollo y se enfadan. Empiezan a soltar baba por la boca y a romper las papeleras. A uno se le cae el brazo y cuando otro se agacha para recogerlo su cuerpo se divide en dos. Me dan náuseas y me río. Cierro la ventana y vuelvo a la cama. Entiendo poco sobre los no muertos. De hecho ni siquiera sé si estan o no muertos. Cojo le portátil y busco en la Wikipedia. Sólo hay propaganda política cuando meto la palabra "zombie" en el buscador. Ya se han hecho con el poder. Al principio serán detalles, bares en los que no podré entrar; o simplemente ir al fondo del autobús. Bueno, es pasable. Prefiero eso que tener que comer cerebros. ¡Ag! Ya me dan asco los callos como para pensar en eso. Miro a mi derecha y veo al Coronel Kentucky tan feliz, impreso en un cubo de grandes dimensiones. Abro la tapa y descubro que aún quedan dos piezas, aunque una está mordida. Es increíble lo bien que huele después de dos semanas ahí. Lo cojo y vuelvo a la ventana. Ya se estaban marchando, persiguiendo su propia sombra por el suelo. Les grito y uno se da la vuelta y me señala con un brazo que no es el suyo. No le culpo, alguien debió comerse su pierna. Les tiro las piezas de pollo y me limito a observar como se pelean por él. Uno de ellos se acerca, parece el más avispado y eso que tiene el cráneo al aire libre y le falta un buen pedazo de masa cerebral. Coge el muslo, lo huele y me mira. Empieza a gritar: algo va mal. Entonces, hace ademán de tirármelo; pero la fuerza es mínima y solo consigue clavárselo en el ojo a su novia, que estaba enfrente. Desagradecidos; nunca más vuelvo a darles de comer.
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